El planeta está ayudando a que los gérmenes se vuelvan más inteligentes

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Resistencia a los antibióticos. Suena técnico, incluso aburrido. Hasta que lo recuerdes, mata a más de 1 millón de personas al año. Cada año. Y está empeorando. Rápido.

Sabíamos que el mal uso y el uso excesivo eran los principales culpables. Los médicos prescriben demasiado. Pacientes que finalizan la mitad de sus cursos. Pero una nueva investigación apunta a otro villano escondido a plena vista. La crisis climática.

Un equipo de investigadores del Reino Unido, Francia, Australia, Suiza y China analizó los datos. Realmente lo miré. Publicaron sus hallazgos en The Lancet Planetary Health. Su conclusión es cruda. El cambio climático está actuando como un acelerador. Una chispa que convierte una combustión lenta en un incendio forestal.

El calor hace que la resistencia sea picante

El estudio se centró en Salmonella. Un virus bacteriano desagradable y una de las infecciones más comunes en todo el mundo. Los investigadores analizaron genomas de más de 480.500 muestras de Salmonella. Estos procedían de 139 países diferentes. ¿El plazo? 1940 a 2023.

Son muchos gérmenes. Y mucho tiempo.

Esto es lo que encontraron. Entre 1940 y hoy hubo un aumento global del 10 por ciento en los genes de resistencia a los antibióticos en Salmonella. Esto no es sólo ruido. Es señal.

El vínculo no es lineal. No sube de manera constante como una escalera. Es complicado. No lineal. La combinación de temperaturas en aumento y patrones de lluvia alterados crea caos. Este caos ayuda a las bacterias a adaptarse más rápido. Mutan. Sobreviven. Comparten sus genes resistentes como los chismes en una fiesta.

“El aumento de las temperaturas y la alteración de los patrones de precipitación amplifican de forma no lineal la abundancia y diseminación de genes de resistencia a los antimicrobianos”.

Los investigadores no dijeron que el cambio climático sea el único impulsor. No. El comportamiento humano (el abuso de antibióticos) sigue siendo el factor más importante. Pero el calor y la lluvia actúan como combustible. Afectan la estabilidad ecológica microbiana. Obligan a acelerar la evolución.

¿Dónde golpea más fuerte?

No todos reciben el mismo impacto. De los países estudiados, el 82 por ciento experimentó aumentos en los genes de resistencia.

¿Dónde fue el golpe más duro?
– Oriente Medio.
– Norte de África.

Estas regiones experimentaron los saltos más fuertes asociados al clima. Le siguió el sur de Asia. Luego el África subsahariana. Los cambios más cálidos y húmedos que experimentan estas regiones parecen crear las condiciones perfectas para que prosperen las superbacterias.

Esta no es una prueba de causa directa. La ciencia es así de exigente. La correlación no es causalidad. Pero es una evidencia sólida. El vínculo es lo suficientemente fuerte como para exigir atención. Ya no podemos culpar únicamente a los médicos y farmacéuticos. La atmósfera importa.

Una solución para una guerra en dos frentes

¿Y ahora qué? Tenemos una guerra en dos frentes.

Un frente son los antibióticos. Necesitamos una mejor administración. Una Vigilancia de la Salud. Menos abuso.
El otro frente es el planeta. Las políticas de mitigación importan. El Acuerdo de París no se trata sólo de salvar los arrecifes de coral. Podría tratarse también de ahorrar penicilina.

Los autores lo tienen claro. No puedes luchar contra uno sin luchar contra el otro. Los escenarios de bajas emisiones podrían frenar efectivamente la propagación de la resistencia. Cumplir esos objetivos climáticos actúa como una intervención médica.

¿Quién hubiera imaginado que salvar el clima es una estrategia de salud?

Quizás nadie lo hizo. Ahora lo hacemos. Pero los datos se están acumulando. Las bacterias no esperan consenso. Se están adaptando al calor. ¿Estamos preparados para eso?

Probablemente no del todo. Pero deberíamos empezar a conectar los puntos. Entre el termómetro. El talonario de recetas. Y el paciente.