Investigadores de la Ruhr-Universität Bochum y la Universidad Estatal de San Francisco proponen que la conciencia humana no es un estado único, sino que evolucionó en tres capas distintas. Estas capas (excitación básica, estado de alerta general y autoconciencia reflexiva ) se desarrollaron para resolver desafíos de supervivencia específicos y, en última instancia, dan forma a cómo experimentamos el mundo y nuestro lugar dentro de él.
La primera capa: instintos de supervivencia
La forma más primitiva de conciencia es la excitación básica. No se trata de pensar o sentir; es una respuesta biológica cruda al peligro. El dolor, en este contexto, no es un mal funcionamiento, sino un sistema de alarma brutalmente eficiente. Obliga a los organismos a reaccionar ante las amenazas (huir, congelarse o luchar) asegurando la supervivencia en situaciones de vida o muerte. Como explica el Dr. Newen, “Evolutivamente, la excitación básica se desarrolló primero, con la función básica de poner al cuerpo en un estado de ALARMA en situaciones que amenazan la vida para que el organismo pueda mantenerse con vida”.
Este no es un rasgo exclusivamente humano. Incluso los organismos simples han desarrollado formas de reaccionar ante el daño, y el dolor sirve como motor fundamental de esas reacciones.
La segunda capa: atención enfocada
A medida que el cerebro se volvió más complejo, también lo hizo nuestra capacidad para procesar información. Surgió el estado de alerta general, lo que nos permitió filtrar las distracciones y centrarnos en los estímulos críticos. Imagínese ver humo mientras alguien habla; Inmediatamente priorizas el humo, buscando el fuego.
El Dr. Montemayor señala que no se trata sólo de una cuestión básica de causa y efecto (“el humo surge del fuego”) sino también de aprender correlaciones complejas: la base de la investigación científica. Este enfoque selectivo permite aprender, resolver problemas y adaptarse a nuevos entornos. Es un paso crucial más allá de simplemente reaccionar ante un peligro inmediato.
La tercera capa: la mente autoconsciente
La última pieza del rompecabezas es la autoconciencia reflexiva. Aquí es donde las cosas se vuelven exclusivamente humanas (y se encuentran en algunos otros animales avanzados). Significa que no sólo podemos percibir el mundo sino también reflexionar sobre nosotros mismos dentro de ese mundo.
Podemos formarnos una imagen interna de nosotros mismos, planificar el futuro e integrarnos con los demás en estructuras sociales complejas. La capacidad de reconocerse en un espejo (una habilidad que los niños desarrollan alrededor de los 18 meses) es un ejemplo sencillo. Esta autoconciencia es esencial para la cohesión social y el comportamiento coordinado.
“La conciencia reflexiva… nos permite integrarnos mejor en la sociedad y coordinarnos con los demás”, señala el Dr. Newen.
Este modelo de tres niveles sugiere que la conciencia no es una experiencia unificada, sino una jerarquía anidada construida a lo largo de millones de años de evolución. Cada capa todavía funciona hoy, influyendo en cómo percibimos el dolor, aprendemos del mundo y entendemos nuestra propia existencia.
Los hallazgos de los investigadores, publicados en Philosophical Transactions of the Royal Society B, proporcionan una imagen más clara de cómo evolucionó la conciencia y por qué se manifiesta de las formas complejas en que lo hace.
